Una sesión de familia no se estropea por la luz: se estropea por el orden. Cuando el niño más pequeño llega descansado y las primeras fotos son las importantes, todo lo demás sale solo.
Empezamos siempre por el retrato de grupo completo, en los primeros quince minutos. Es la imagen que más gente quiere y la única que necesita a todo el mundo mirando a la vez. Dejarla para el final es la forma más segura de no conseguirla.
Después bajamos el nivel de exigencia a propósito: parejas, hermanos, abuelos con nietos. Son combinaciones cortas que permiten al resto sentarse, beber agua y quitarse el abrigo mientras esperan.
El bloque suelto va al final
Los últimos veinte minutos son de juego. Sin pose, sin mirar a cámara, con una manta en el suelo y algún objeto que el niño ya conozca de casa. De ese bloque suelen salir las fotos que la familia acaba imprimiendo, aunque nadie las había pedido.
Sobre la duración: una hora es suficiente y noventa minutos es el máximo razonable con niños menores de cinco años. A partir de ahí, el cansancio se ve en las caras y nada de lo que hagamos con la luz lo arregla.
Qué conviene traer
- Una muda completa para cada niño pequeño, por si hay derrames.
- Algo de comer que no manche ni tiña los labios.
- Ropa en dos o tres tonos que convivan, sin logotipos grandes.
- El peluche o el libro favorito, aunque no salga en la foto.
La sala se reserva con media hora de margen al final para que nadie recoja con prisa. Ese detalle, que parece logístico, es lo que hace que la última toma no se haga con el abrigo puesto.